18 de julio

Un libro tiene siempre dos personajes inevitables: el autor y el lector. El escritor, que ya en el texto deja lo que sabe, configurando un mundo único, es retado por el lector, que hace del texto lo que quiere: lo lee, lo señala, lo convierte en otro, descubre lo que el escritor nunca había pensado, en fin, el lector juega con el texto y esta es su libertad.

En Sobre lo que pasa leyendo, el autor ha sido lector de los libros que señala, yendo por ellos como quien va por un camino en el que su atención se dispersó en unos puntos y se ancló en otros, yéndose a otros libros, a vivencias propias, a encontrarse con el lenguaje y bailar con él. Por eso, es lo que pasa leyendo, que uno como lector se convierte en otro y, como decía Ricardo Piglia, trata de hacer su propia biografía (o escapar de ella) con base en el libro que leyó. Así, uno se encuentra con el libro para reafirmarse, asustarse o saber que un libro es una dirección a favor o en contra, un encontrarse con los vientos y salir de ellos como un pájaro que vuela alto y que antes había sido un mero huevo con peligro de quebrarse. Esto es lo que pasa leyendo. 

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